
Ya no veo más concursos caninos por tv porque estoy aburrida que siempre gane “el caniche”, ese can con pinta de prostituta que en nada representa a esa especie maravillosa llamada C. lupus, más conocida para sus amigos como PERRO. No sé nada de razas ni de estándares internacionales sobre el tema, pero resulta muy decepcionante ver desfilar por dos horas, o más, a los más hermosos ejemplares, aquellos que despiertan la codicia humana de poseerlos, para que el mejor de la muestra sea, siempre, un siútico y casi degenerado “caniche”. No es culpa del perro, evidentemente. Pero me cuesta entender que los seres humanos no tengan ese don místico y sagrado de ver tras la realidad.
La “maldición de El Caniche” es un tema recurrente en la vida. En nuestra fauna urbana humana solemos ver a cada instante y en todas las dimensiones el ejercicio sostenido e inescrupuloso de “la maldición…”, una especie de injusticia instituida frente a la que poco o nada podemos hacer. Permanentemente nos presentamos a diferentes llamados a concurso, postulando a merecidos trabajos, siempre con algo de pudor. ¿Y cuál es el resultado? Nunca nadie nos llama. Ni siquiera nos dan a conocer, por e mail, cuándo y en qué condiciones cerró dicho concurso. Hasta que de la forma más casual nos enteramos de quién resultó el afortunado ganador de tan disputado cargo. ¡Sorpresa! El “elegido” no cumple con el perfil que habíamos sospechado. No tiene grandes estudios ni trayectoria. No es precisamente un ser “bello” o “bella”, frívolamente hablando. No tiene el ángel del que seguramente carecemos. Es un don nadie. Es un caniche.
Veámoslo ahora desde el punto de vista de los afectos. Nos abandonan, nos engañan o nos comparan con personajes de supuesta estatura, moral, intelectual, sensible y hasta sexual. Nos pasamos la vida demostrando quiénes somos, cuánto valemos, como si ello nos fuera un deber. ¿Y qué es lo que finalmente ocurre? Somos reemplazados por meros caniches, por seres que no representan en toda su dimensión lo que la raza humana, por excelencia y divinidad, debiera ser.
Debemos aprender a convivir con mascotas de exhibición, sin que en ello se nos derrame la hiel. Simplemente, a sonreír.
La “maldición de El Caniche” es un tema recurrente en la vida. En nuestra fauna urbana humana solemos ver a cada instante y en todas las dimensiones el ejercicio sostenido e inescrupuloso de “la maldición…”, una especie de injusticia instituida frente a la que poco o nada podemos hacer. Permanentemente nos presentamos a diferentes llamados a concurso, postulando a merecidos trabajos, siempre con algo de pudor. ¿Y cuál es el resultado? Nunca nadie nos llama. Ni siquiera nos dan a conocer, por e mail, cuándo y en qué condiciones cerró dicho concurso. Hasta que de la forma más casual nos enteramos de quién resultó el afortunado ganador de tan disputado cargo. ¡Sorpresa! El “elegido” no cumple con el perfil que habíamos sospechado. No tiene grandes estudios ni trayectoria. No es precisamente un ser “bello” o “bella”, frívolamente hablando. No tiene el ángel del que seguramente carecemos. Es un don nadie. Es un caniche.
Veámoslo ahora desde el punto de vista de los afectos. Nos abandonan, nos engañan o nos comparan con personajes de supuesta estatura, moral, intelectual, sensible y hasta sexual. Nos pasamos la vida demostrando quiénes somos, cuánto valemos, como si ello nos fuera un deber. ¿Y qué es lo que finalmente ocurre? Somos reemplazados por meros caniches, por seres que no representan en toda su dimensión lo que la raza humana, por excelencia y divinidad, debiera ser.
Debemos aprender a convivir con mascotas de exhibición, sin que en ello se nos derrame la hiel. Simplemente, a sonreír.


